El miércoles pasado leí en Facebook que IU Añora iba a celebrar un homenaje a Marcos Rodríguez Pantoja, recientemente fallecido en Orense; probablemente el noriego más conocido fuera de Añora, menos por su condición excepcional de niño salvaje que por la película Entrelobos que narra su vida, desde que es traspasado al señorito, propietario de las tierras en las que malvive su familia, hasta su apresamiento por la guardia civil en 1965.
El homenaje que IU Añora quería ofrecer a Marcos Rodríguez Pantoja pasaba necesariamente por la proyección de esta película, que sacó su caso de los estudios académicos y de una novela y una obra de teatro desconocidas para el gran público.
—Es una película preciosa, pero ya la he visto varias veces— dijo Marisa.
El viernes me entero por Hoy al Día que el Ayuntamiento de Añora prohíbe la proyección de la película porque el edificio no dispone de licencia de apertura de establecimiento de pública concurrencia ni de licencia de utilización, por lo que considera que no resulta legalmente posible celebrar la actividad anunciada. Lo que viene a significar que la sede de IU Añora no es un cine ni tiene licencia para ser un cine, lo que no le había impedido proyectar películas hasta ahora, vete a saber por qué.
Sin embargo, me entero después que el homenaje se va a celebrar y que la película se va a proyectar, por el sencillo método de dar el cambiazo: de acto público se pasa a acto político. Lo que significa que el homenaje a Marcos Rodríguez se reserva a la militancia, a la simpatancia y a las personas invitadas por IU Añora, que pueden ir del cero al infinito.
Sólo la Ley Seca en EEUU tuvo más éxito que esta prohibición.
—Hay que ir a Añora— le digo a Marisa cuando nos encontramos después del curro.
—Luego me cuentas— me dice.
(Después de la sesentena aparece el concepto el cuerpo no acompaña: molestias, dolores y redolores hacen del simple acto de moverse un esfuerzo complicado. Sobre todo si ya llevas pateados unos quince kilómetros.)
—Mmmm— contesto entonces.
—Hay que ir a Añora— digo horas antes de que se celebre el homenaje.
Nos vemos en Añora, he leído antes en uno de los grupos de WhatsApp de IU: lo que era un plan para el viernes noche se está convirtiendo en una obligación moral. Por los comentarios de la noticia en Hoy al Día compruebo que la indignación rebasa a las propias siglas.
Caminamos unos metros antes de llegar a la sede de IU Añora. En tan poca distancia me da tiempo a bromear con la presencia de guardias civiles a caballo y con antidisturbios acordonando la sede. Toda prohibición lleva implícita la represión, que siempre se le ha dado estupendamente a los gobiernos de derechas: lo mismo te convierten a los inmigrantes en criminales que a los manifestantes en agitadores.
Naturalmente no hay ningún representante de la ley en la entrada de la sede, ni falta que hace. Poco antes de llegar se oye un ligero murmullo de gente hablando, lo que indica una insólita concurrencia.
—¿Están de romería?— pregunta uno de los chavales con quienes nos cruzamos en la puerta de la sede, señalándola con la cabeza. Me encojo de hombros antes de entrar.
A primera vista calculo unas setenta personas en la sede, muchas más que las que han solido congregar anteriores proyecciones. Cuando alcanzo a mirar el patio veo un par de decenas más, así que debemos rondar el centenar.
Mi memoria no registra un centenar de personas en ningún acto político dentro de la sede de un partido, sobre todo si se piensa en una población de mil quinientos habitantes. Saludo a dos o tres compañeras y compañeros antes de volverme cómodamente invisible, en una escalera metálica que hay a la derecha, mi gallinero particular. Marisa viene después con sendas latas de cerveza, me alcanza una, duda si sentarse en una silla o en el gallinero. Elige la b).
Isabel, compañera de IU, empieza a presentar el acto; pero todavía hay trasiego de sillas del interior de la sede al patio, lo que me hace recordar el estupendo artículo de Juan Aperador, Ape, en Hoy al Día sobre el casi extinguido encanto de los cines de verano. Una variante más culta y ensimismada de estar al fresco, que es otra tradición ancestral también en peligro por las noches tropicales.
Isabel toma ya la palabra para hablar de Marcos Rodríguez, su condición de niño esclavo en la durísima posguerra, su condición de niño salvaje cuando se queda solo en la sierra, su eterna condición de inadaptado para vivir en sociedad.
Luego cede la palabra a Miguel Calero, coordinador comarcal de IU, que explica que el Ayuntamiento de Añora ha intentado impedir este homenaje con un uso desviado de la ley para impedir el desarrollo político de IU. Recuerda que el derecho de reunión es un derecho fundamental recogido en la constitución y remarca la legalidad del acto.
Se oyen aplausos mientras se apagan las luces y empieza la película.
Coincido con Antonio Merino (Solienses) en que la película mejora con cada visionado. Leo en su crónica que en la película participaron dos noriegos más en el reparto de actores y actrices no profesionales que aparecen, lo que casi la acerca al docudrama. Marisa me recuerda ya en casa el numeroso equipo de rodaje que tomó Cardeña y alrededores. El rodaje de la película ya forma parte de la memoria histórica de la comarca.
A mí me sigue emocionando la escena final, donde el propio Marcos Rodríguez se deshace de la parte superior de su vestuario y aúlla como un lobo encaramado a un risco: el buen salvaje, el hombre animal en todo su esplendor, una envidiable mezcla de libertad y de inocencia perdida hace milenios. Vuelvo a suspirar, como siempre, con esa escena.
La gente vuelve a aplaudir cuando se encienden las luces. Veo sonrisas y abrazos de reconocimiento mientras me incorporo trabajosamente y desciendo por las escaleras.
Hay creadores que hablan de una extraña concentración y un no menos extraño estado de gracia en una postura incómoda. A mi anquilosamiento siempre le sucede una plácida sensación de ingravidez.


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