Antes del 17M el Palacio de San Telmo se parecía mucho al Versalles prerrevolucionario: la mayoría absoluta hacía de Moreno Bonilla un dirigente en estado de gracia, que emitía sonrisas beatíficas para un país crispado por los escándalos judiciales de un gobierno cercado por su propia minoría, y por una oposición incapaz de organizar una moción de censura que acabara tumbándolo. Agotado el calendario electoral y sorteado el gran marrón de los cribados para prevenir el cáncer de mama, el 17M prometía una nueva mayoría absoluta para el PP sin apenas sobresaltos. Ningún otro partido le saca más rendimiento a las mayorías absolutas, un centro de ingravidez permanente en el que sus líderes flotan por encima de las acusaciones y de las críticas más ácidas. Cualquiera que haya visto caminar a un líder del PP con mayoría absoluta se habrá dado cuenta de que levita uno o dos centímetros por encima del suelo. Pero la gracia, por divina que sea, tiene principio y fin en el espaciotiempo: el...
Cuando la política no es obsesión ni fastidio, ¿qué es la política?