A las derechas patrias se les atasca la flauta que robaron de Hamelín las derechas yanquis, que a su vez se inspiraron en la flautista de Londres, conocida como la dama de hierro o Margaret Thatcher, creadora del himno universal de la clase media que eclipsó a la clase trabajadora, en la que sigue penando una mayoría precaria que nunca se ha esforzado lo suficiente.
Aunque el viento de las encuestas sigue soplando a favor, muy a favor, la desafinación empieza a notarse: la virtuosa de Madrid, conocida como IDA, Ayuso o la adicta a la fruta, se vio sorprendida por un pavoroso incendio al que sólo pudo contrarrestar con un chaleco en que se leía Presidenta y dejando la responsabilidad de la tragedia en manos del gobierno central y de la UME, con la esperanza de que el humo tapara la compra turbia de un ático desde donde no podría trabajar ni habitar sin escándalo.
Días después una marea humana, estimada en setenta mil u ochenta mil personas, intentó sobrepasar a nado la frontera de Ceuta, espoleada porque entrar a nado no supondría la devolución en caliente, según parece dictar una sentencia del Tribunal Supremo.
La tierra prometida no resultó nada acogedora, no hubo suficiente ayuda humanitaria al llegar que garantizara alojamiento y sustento inmediatos, aunque la solidaridad de las y los ceutíes también lo intentara. Pocas horas después la gran mayoría de desesperados había vuelto a Marruecos.
La derecha más ultra y patriotera se movilizó con su despliegue de banderas aprovechando el viento de la indignación, pero en el enclave no fueron bienvenidas ni su xenofobia ni su aporofobia. Vito Quiles y Alvise recibieron más abucheos e insultos que aplausos, a Abascal ni se le ocurrió sacar de paseo su prioridad nacional en un lugar donde odiosos moros no cuestionan su españolidad, sino todo lo contrario. El PP pidió más contundencia, que debe entenderse como más efectivos policiales y militares, así como más impunidad para ejercer su brutalidad. Este gusto por la percusión de cuerpos ha dado lugar a episodios de vergonzante recuerdo, como los sucesos del procés, o la profesora jubilada embestida por un antidisturbios, o las batallas campales en las que se convierten las manifestaciones de la plantilla de Astilleros en Cádiz. Hablar de invasión no hizo más creíble la cantinela, como tampoco hacer de Pedro Sánchez un rehén de la inteligencia marroquí.
Ayer sábado 15 se acabó la vista gorda en el lado marroquí, que ha dejado de exportar su miseria y desesperación, que también es el único capital con que llegan su juventud y su infancia a costas españolas. Circula la teoría de que esta última crisis humanitaria ha sido consecuencia de una operación tejida entre Marruecos, Israel y EEUU, con el fin de tambalear a un gobierno al que ya se da por derrotado en 2027, y que impide la gran sinfonía fascistoide que quiere ser la política del lado occidental del globo.
Es un escenario ya conocido: las derechas patrias arrasan en las encuestas y no alcanzan mayoría suficiente tras el recuento. Una muestra de lo desafinada que está la flauta de las derechas, cada vez con más agujeros e intérpretes más torpes.

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