El papa vino a España a recordar que es un estado aconfesional, sustancialmente católico. La Iglesia reivindica así su presencia histórica, que también es reivindicar su peso político, tradicionalmente asociado a la derecha; al uso, abuso y disfrute del poder más o menos sin interrupción, como el PP de Madrid.
Vino buscando una democracia cristiana y un socialismo ídem con los que entenderse y que se entendieran. La larga pervivencia de la Iglesia se debe principalmente a tener siempre un defensor de sus intereses, incluso en el infierno. La democracia cristiana se ha hecho más ultra que la Iglesia y al socialismo cristiano una bendición papal le sabe a poco, tal como está el patio. Las dos facciones buscaban la pátina moral para no salir mal en las fotos.
Se le recibió como a un jefe de estado, pero no del microestado que el Vaticano es, sino como el líder espiritual de unos mil quinientos millones de personas, que dan para llenar la India, por ejemplo. Si quitamos a bautizados sin fe, creyentes heterodoxos y no practicantes, la cifra a lo mejor ronda los doscientos veinticinco millones, que tampoco está mal para presumir, ni mucho menos para ser jefe de estado.
Dio el papa un discurso en el Congreso que me perdí sin que me haya importado mucho, aunque tuvo la rara virtud de contentar a las dos mitades del hemiciclo. O no tan rara, porque el rey da muestras de tener la misma habilidad ilusionista, que no ilusionante: la oratoria política puede conseguir el milagro de no decir nada en un discurso y que quien lo oiga escuche solamente lo que quiere oír.
Un discurso "humanista" o "socioliberal" según quien te lo cuente. Lo que indica cuánto terreno ganan cada día las opciones políticas más reaccionarias. Más que la desertificación, me parece.
Siete minutos de aplausos cosechó el papa en el Congreso, lo que no consigue una buena mecida en semana santa, un discurso de navidad del rey o un candidato a la alcaldía después de la votación en la asamblea local, por muy Emmanuel Vioque que seas. Siete minutos dan para pasar del entusiasmo a la gratitud, de la gratitud al protocolo, del protocolo al chicken game (marica el que pare), del chicken game al hartazgo y fin. Seguramente los aplausos acabaron de manera abrupta en un lugar donde forman parte de la rutina laboral y que, seguramente, por esa razón carecen de la mínima espontaneidad.
Antes y después del discurso hubo Coros y Danzas, esa muestra tan rancia que encuentra el país para lucirse. En Barcelona un coro independentista intentó darle un poco de marcha entonando Els Segadors y mostrando esteladas. Se desalojaron a todos los coros de la Sagrada Familia y eso que se ahorró el papa y la humanidad presente. Lo que falló en el Procés no falló con el papa, a lo mejor porque los mossos no tienen la capacidad de infiltración de la pasma. La democracia cristiana que se volvió independentista se quedó así sin papel en la performance, dejando todo el protagonismo al socialismo cristiano de Illa.
El papa acabó su visita en Canarias, que es buen sitio para acabar una visita, unas vacaciones o una existencia bien trabajada y mejor cobrada. Tuvo a bien visitar un centro de internamiento de inmigrantes y abogar por un mejor trato a quien viene a buscarse la vida, imposible en el sitio del que se huye.
Después de un problema técnico, el papa viajó de regreso a su microestado en el Falcon real y se llevó con él su humanismo acomodaticio y efímero.
A las utopías de un trabajo digno y una vivienda digna habrá que sumar un estado laico.

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