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LA CULPA SIEMPRE ES DEL CHA CHA CHÁ

De los creadores de La izquierda plural llega ¿Qué me pasa doctor? Con la misma pregunta sin respuesta de episodios anteriores, con análisis profundísimos de gran altura intelectual (no aquí, precisamente), mucha tensión sexual no resuelta (el final esperado es una orgía multitudinaria) y de momento ninguna escena de cama (aunque Rufián Tenorio empieza a moverse).


EPISODIO 1. LA PLURALIDAD INSALVABLE


Tenemos una izquierda plural dispuesta a llevarnos a una república federal, laica y que aspira a instaurar un estado de bienestar blindado constitucionalmente. Lo que va a ser lo más parecido a un estado socialista que verán varias generaciones, entre las que me gustaría estar.


Va a ser que no: la causa principal es que no hay representación parlamentaria suficiente. La causa de esta insuficiencia es la pluralidad de la izquierda. Dicha pluralidad propone y la Ley D'Hondt dispone; siempre a la baja, you know.


EPISODIO 2. A POR LA UNIDAD SIEMPRE.


Para luchar contra la Ley D'Hondt, contra la dispersión de voto que penaliza, la única vía es la candidatura única, la confluencia de fuerzas políticas, la alianza que le dé a la izquierda alternativa al PSOE la representación que merece. Tan fácil como la cuadratura del círculo o como una orgía en un viaje del IMSERSO, donde más de una baja por incapacidad es más que posible.


Intentos de unidad (si no permanente, al menos duradera) ha habido y habrá muchos: más que la voluntad manda la necesidad de representación. Lo contrario es el ostracismo, el olvido, la muerte pelá (mamma dixit). Sin esta necesidad la pluralidad de la izquierda habría pasado a mejor vida y a mayor gloria del bipartidismo. El escenario resultante sería un socioliberalismo más o menos progresista que alternaría labores de gobierno y oposición con un neoliberalismo más y más conservador. 


Planazo.



EPISODIO 3. LO QUE DURAN DOS PECES DE HIELO EN UN WHISKY ON THE ROCKS


La unidad de izquierdas, ese imposible permanente a la vez que condición sine qua non, dura una legislatura si se dan condiciones favorables = aumento de escaños = aumento de cuotas de poder. El sueño húmedo es desplazar al PSOE de lo que Pablo Iglesias denominó hegemonía. VOX tiene el mismo sueño, en el fondo y a la derecha, como los lavabos de un bar.


La cosa hegemonía no funcionó, en buena medida por una intensa campaña mediática y policial en contra, supervisada por un comisario jugando de líbero en el equipo del PP —Villarejo— y por Marcelo, el ángel de la guarda del ministro de Interior —Fernández Díaz—; se le apareció por primera vez en Las Vegas para librarlo del pecado, pero muchas tropelías después sigue sin lograrlo. Tampoco hay que descartar la pérdida de tirón —de viralidad— del propio Iglesias: las fronteras entre un influencer y un meme siguen siendo muy confusas.


Y sobre todo: la izquierda que adquiere representación parlamentaria deja de ser inocente en un país donde históricamente la derecha se puede pagar todos sus vicios. Y empieza a ser punible cuando accede al gobierno. Y acaba siendo insoportable en Génova 13 si aguanta un par de legislaturas, porque a la tercera se aparece el fantasma de Felipe González. 


El anhelo orgásmico del PP se encarna en otros cuarenta años de Paz y Prosperidad (iniciales a juego), esta vez ganados en las urnas; o en las urnas y en los tribunales. Sólo que las mayorías absolutas han pasado a la historia y el socio prioritario —y de momento único—, VOX, no se conforma con su parte. No hay política sin ambición, no hay ambición sin oportunismo. Más que socio político, VOX parece una tenia.


Que la izquierda plural se presente como opción de gobierno sigue dentro de la categoría disparate en los estudios de humor político, aunque forme parte de un gobierno de coalición. En cambio VOX, con la misma aspiración, se considera amenaza a un lado y a otro del Congreso. ¿La diferencia? El PP intenta ser la derecha del régimen del 78 sin ataduras con el pasado más lejano. VOX es la línea que conduce del tardofranquismo (lejano e irreconocible para quien no lo haya vivido) hasta nuestros días. Es la democracia orgánica reconvertida en democracia iliberal, si consigue controlar los poderes del Estado. Lo hará gobernando, dejando gobernar o amenazando con no dejar gobernar.


No hay ningún líder de izquierdas que no sea consciente de la amenaza que supone VOX. Lo que impide combatirla es precisamente la pluralidad de la izquierda, la diversidad de alternativas, la indisoluble unidad de los líderes a sus proyectos.


La unidad de la izquierda resulta, irónicamente, una unidad contra natura. Como el incesto.


EPISODIO 4. DE ASALTAR LOS CIELOS A NO CEDER EL FUTURO.



Una república federal y laica que conforme un estado de bienestar (la verdadera deuda histórica) es el objetivo de cualquier formación de izquierdas, aunque los nacionalistas prefieran una república confederal, por lo que tiene de cesión voluntaria de soberanía.


La plurinacionalidad es una constante histórica, sin resolver desde el siglo XIX, parcheada en la Constitución del 78 por un estado autonómico, algo más consistente que el estado aconfesional, el huevo de pascua de la Constitución que protege la relación Iglesia-Estado. Cualquier intento de separación efectiva acaba, por lo general, con una sentencia judicial en contra.


En el siglo XXI esta interdependencia no es un anacronismo, sino un lastre: el estado aconfesional no garantiza la libertad de credo (o de descreimiento), sino la protección de la preponderancia del catolicismo. El laicismo es la única garantía de libertad religiosa. Una auténtica prioridad nacional que lleva medio siglo pendiente.


La otra cuestión pendiente es el estado de bienestar, no el estado asistencial que se sostiene a duras penas desde la instauración del franquismo. El acceso gratuito, universal y pleno a la educación y a la sanidad es un derecho irrenunciable, aunque los votos digan lo contrario. Para alcanzarlo es necesaria una fiscalidad progresiva que hasta ahora ningún gobierno se ha atrevido a aplicar.



Demasiados retos que sólo asume un 15% del electorado. A repartir en tres o cuatro grupos y/o formaciones políticas


No es tan fácil como parece: requiere muchos cursos de baile para no perder el paso.




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