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De romería

 Mayo será el mes de María, que no digo que no, pero las romerías se acumulan este domingo, 8 de junio: la de la virgen de Luna, la del Rocío (romería andaluza por excelencia) y la manifa del PP pidiendo elecciones anticipadas al grito de Mafia o Democracia. Todas manifestaciones de fe y ejemplo de devoción.





Me gustan las romerías porque siempre me pillan lejos, muy lejos: tú vas a una romería, nunca te la encuentras como sí a una procesión si te despistas, por lo menos en Jerez: vas por la calle un 8 de junio y te sale un paso al encuentro, con el que sólo contaban la gente de la hermandad y alguna gente devota que pasaba por allí, o gente informadísima de la movida cofrade. A las romerías se acude, lo que es un acto de voluntad y, con estas calores, de sacrificio. Y si no vas pues tan contento, sin música estridente ni retumbante, ni dificultades para cruzar una calle ni riesgo de vomitar por el incienso: sí, soy uno de esos raros a los que el incienso les produce crisis de jaqueca, así que era irremediable que fuera ateo y que ser hippy nunca se me pasara por la cabeza. También es inevitable que desconfíe de los rituales con los que se quema algo, porque tarde o temprano son los mismos rituales con los que se quema a alguien.


Con una calor capaz de torrar al más refractario, el PP ha reunido en Madrid a más de 100000 personas según el partido y a unas 50000 según la Delegación del Gobierno, así que una cifra razonable debe de estar entre los 70000 y 75000 asistentes. Acojonante la cifra desde la España vaciada, como un día espléndido de romería, incluso histórico para el orgullo local; un buen día de feria, lunes o martes, en una ciudad mediana. Y bastante cortita para una gran urbe, pongamos que hablo de Madrid, el feudo pepero por excelencia. Así que como acto de fuerza la cosa ha salido peor que regular; como carta de presentación de alternativa de gobierno parece un bucle espacio-temporal que remite infinitamente al váyase señor González de hace casi treinta años y nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos; de vivir de antiguos esplendores no se alcanza más futuro que uno engañoso, y parecía que habían aprendido algo del 23-J. Afortunadamente se ve que no: si me pareció un bluff que Perrosantxe afirmara en la Conferencia de Presidentes que las elecciones serían en 2027, después de esta manifa me lo voy creyendo. La fe tiene caminos muy raros: en lo que parecía la peor semana del gobierno en muchas semanas, se empieza a ver la luz al final del túnel: el líder de la oposición no tiene proyecto ni quizá el respaldo de su partido. Tiene encuestas que le dan mayoría absoluta con VOX, cuyo proyecto es volver a la España de Felipe V cuando menos. Tiene un congreso extraordinario dentro de un mes en el que saldría elegido por aclamación y con una maquinaria electoral perfectamente engrasada para alcanzar el horizonte de los 176 escaños, sin VOX ni sus votos. Después de esta romería sin demasiadas devotas ni demasiados devotos, parece que va a necesitar un milagro; o dos; o más. Y eso que se había presentado como un acto ecuménico, abierto a todas las opciones políticas y a todas las ideologías, sin más signos partidistas que la bandera de España, ese apéndice que, en forma de abalorio o de ropa interior y exterior, acompaña a la gente de derechas desde la cuna hasta la tumba. 


Cuánta fe, cuánto sacrificio, cuánto calor. Cuánta crudeza cuando acaba el éxtasis y la realidad se impone.


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