Tiene razón Antonio Jimeno: una chirigota local dejó caer, como remate de una de sus coplas, poder cagarse en la puñetera madre del alcalde. Pido disculpas por las dudas iniciales. Por lo visto, oído y leído, la desafortunada expresión ha pasado con más pena que gloria: casi nadie parece recordarla o haberla tenido en cuenta en los días posteriores, muchos hasta hoy.
He intentado escuchar toda la letra (el contexto) donde se dejan caer los dos palabros y, sea por la calidad del sonido o por el forzado encaje entre letra y música que se da a veces, no logro entender algunos versos. Lo que me ocurre con otras agrupaciones carnavaleras en la propia Cai, pero también con la dicción de Najwa Nimri o la de María José Llergo, sin ir más lejos. En resumen: canciones o películas para mí incompletas que olvido con rapidez.
El asunto también es interesante porque conduce a un tema tan manoseado como, me temo, irresoluble: los límites del humor, cuestión de la que debe de haber más opiniones que habitantes tiene el planeta. Esta semana he oído en un avance de Lo de Évole y luego leído en El Mundo (publicadas seis años antes) unas palabras de Ignatius Farray para mí esclarecedoras:
"Un cómico tiene el deber y el privilegio de pasarse de la raya. En el fondo pienso que todas las sociedades, antropológicamente, ha necesitado esa figura, llámalo cómico, llámalo chamán. Pero se necesita de alguien que se salte las reglas, esa especie de outsider a quien se le permite comportarse de esa manera, aunque luego socialmente no esté bien visto." (Los subrayados son míos.)
Esclarecedoras, a lo mejor, porque no ponerle límites al humor me parece menos peligroso que no ponerle límites a los bancos, por ejemplo.
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