He terminado el libro Un tal González, de Sergio del Molino. Lo he calificado con tres estrellas sobre cinco, una por debajo de lo habitual. La culpa no es del autor, sino del personaje: Felipe González.
¿Por qué demonios me leo un libro sobre un político al que voté ilusionado en el 82, recién estrenada mi mayoría de edad, y al que no volví a votar más? Porque el interés estaba en Sergio del Molino, un escritor del que todo el mundo me recomendaba La España vacía, que se ha atrevido a contarnos por qué Felipe González fue providencial. Un escritor interesante para un político decepcionante: una oferta que no podía rechazar.
El libro me parece bien construido, los capítulos marcan hitos en la biografía de Felipe González, que a su vez son hitos en la historia del PSOE, que a su vez son hitos en la historia reciente del país, capaz de pasar en diez años de la imagen en blanco y negro de la dictadura al color de la modernidad, con tasas brutales de paro, el terrorismo incesante de ETA y la guerra sucia contra la organización terrorista. Es un ejercicio de memoria de una época y de apología de su protagonista absoluto que el autor encuadra dentro de la categoría de novela. Hay quien piensa, creo que con malicia, que bajo esta clasificación el autor se inmuniza frente a las críticas por su visión benévola y parcial del personaje.
Concluye Sergio del Molino que el legado de Felipe González se valorará con justeza cuando muera; como sucedió con Adolfo Suárez, que Javier Cercas retratará en Anatomía de un instante. Más que la absolución histórica a la que aspiraba Fidel Castro, las dos obras parece que aspiran a canonizar a sus protagonistas. Concluye Sergio del Molino que, como hijo de la transición, frente a la tentación de denigrar a su protagonista y renegar de su obra, él ha hecho un esfuerzo de comprensión del personaje y de su época que conduce a un balance final muy positivo.
Quizá los quince años que me separan de Sergio del Molino me hacen ver a Felipe González y su época de otra manera. Soy de la generación de los últimos hijos de la dictadura, que vimos llegar esperanzados la democracia, que participamos de la euforia del triunfo del PSOE. Soy uno de los que vivió el desencanto de sus gobiernos, que más que aplicar políticas socialistas se afanó en disimular la política neoliberal bajo sus siglas y con las amenazas de involución de la llegada al poder de la derecha. ¿Alguien se enteró del relevo de Felipe González por José María Aznar? Todavía recuerdo la solución que Jordi Sevilla, ministro de Administraciones Públicas ya en el gobierno de Zapatero, daba para saldar la deuda pública: privatizar. Que es más o menos la solución que intentan dar para solucionar el problema de asegurar las pensiones de mi generación. Es el PSOE que abandonó el marxismo-leninismo por la socialdemocracia y que avanzó hacia un socioliberalismo más o menos neoliberal (según las urgencias sociales) de la mano de Felipe González, que amagó con dejar la secretaría general si no se imponían sus tesis. El mismo que anunció su dimisión inmediata (¡que viene la derecha!) si perdía el referéndum de la OTAN. El mismo que dijo dimitir si dimitía Alfonso Guerra. Anunció tantas veces que dejaba la vida política que tuvo que perder unas elecciones para dejar la primera línea política. Luego ha intentado ejercer influencia en el partido hasta el final, que es más o menos cuando Pedro Sanchez se ha impuesto, pese a su postura en contra. Desde entonces he visto con alivio su pérdida de influencia.
Es por esto que acabo el libro de Sergio del Molino con admiración al autor y con la decepción (parece ya irreversible) que me supone el personaje del que trata.
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