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Retrato de ministro con tormentas al fondo a la derecha

 Hace un par de años Alberto Garzón era un tonto a punto de ser ministro con cartera devaluada (la de Consumo), que formaba parte de un gobierno de coalición al que pocos artículos de opinión le daban vida más allá del primer debate de presupuestos. Con la pandemia la esperanza de vida del gobierno se redujo aún más hasta llegar el ayusazo, que un Pablo Casado muy crecido aprovechó para exigir (la derecha triunfante nunca pide, exige) un adelanto electoral desde el balcón de la victoria de Génova 13. Lejos de alcanzar el objetivo, el ayusazo ha supuesto el cuestionamiento de su liderazgo en su propio partido y un goteo continuo de votos hacia VOX.  

 Después de Pablo Iglesias es Alberto Garzón quien acumula más contestaciones virulentas de una (ultra)derecha que no ha cesado de estar en campaña electoral desde el comienzo de la legislatura. Empezó con la limitación de publicidad y la prohibición del patrocionio de las casas de apuestas, que suponía un grave ataque a la libertad de mercado y a las arcas de algún club grande de fútbol, aunque se obviaban los casos de adicción al juego y los problemas personales y familiares que acarrean. Prosiguió con la campaña Menos carne más vida 


campaña que no pedía prohibir sino reducir el consumo de carne, que no iba más allá de las recomendaciones que hacen todas las organizaciones sanitarias, pero que supuso tocar a rebato y montar una campaña mediática y en redes para exigir (la derecha cuando se cree victoriosa no pide, exige) su dimisión o cese. Luego llegó la campaña de prohibir la publicidad en horario infantil de bollería industrial y demás golosinas, lo que trajo un aluvión de críticas de padres ofendidos y de gente que todavía lleva muy adentro el niño que fue (y quizá también unas cuantas caries y una diabetes ojalá que controlada). Y ahora es la entrevista en The Guardian, donde dicen que dijo que España exportaba carne de mala calidad y no la transcripción que colocó en su cuenta de Twitter:

  La información tergiversada no dará lugar al debate necesario que deje más o menos claro qué modelo de explotación ganadera es preferible, o si el impacto negativo medioambiental de las macrogranjas queda compensado por el beneficio económico: mejor convertir al ministro en un supervillano que quiere acabar con la ganadería y la industria cárnica españolas en lo que queda de legislatura. De momento Pablo Casado se ha colocado el traje de superhéroe (de barro) para presentar mociones que exigen (la derecha cuando cree que va a sacar tajada electoral exige) el cese inmediato del Ministro de Consumo por sus ataques a la ganadería y al sector cárnico español.


  La intención de la moción no es sólo cesar al ministro, sino obligar a los barones del PSOE y demás partidos a retratarse. Así que no estaría del todo mal que el PP también se retratara y votar en las mismas sesiones si se está a favor o en contra de la instalación de macrogranjas en cada comunidad autónoma, diputación provincial y ayuntamiento que se tercie. A ver si Casado encuentra por fin su lado bueno como nuestro #santialcade (bastante desmejorado desde la noche triunfal de mayo de 2019).

  Aquí en Pozoblanco y en la comarca de Los Pedroches conviene que quede muy claro y cuanto antes si se está por el modelo tradicional de medianas y pequeñas explotaciones ganaderas o si dejamos entrar al progreso de las macrogranjas, cuestionado en países como Alemania y Holanda, bajo gobiernos tanto o más comunistas que España, según parece. Lástima que en el primero gobiernen los socialdemócratas y en el segundo los liberales, lo que estropea mucho el relato y las formas trumpistas con que las derechas españolas (la ultra y la populista) se afanan en hacer política, lo que las sitúa más cerca de hacer el ridículo que de hacer historia. Hasta se ha asegurado sin ningún rubor que la carne producida en macrogranjas es la carne a la que pueden tener acceso los más desfavorecidos. Por esa regla de tres, no estaría mal que la Iglesia española las inmatriculara como hizo con monumentos como la Mezquita de Córdoba y le cediera su gestión a Cáritas, por argumentar algo igual de cínico.

 Hay que reconocerle a Alberto Garzón su capacidad para desquiciar a las derechas patrióticas, que al mostrar toda su santa indignación dejan ver su penosa incapacidad como alternativa de gobierno.

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