En política no hay ideología ni discurso concluyentes, esto es, irrebatibles. Lo irónico es que deben parecerlo para ser convincentes. Lo paradójico es que, cuanto más concluyentes parecen, más cuestionables resultan.
En 1992 se publicó El fin de la Historia y el último hombre, de Francis Fukuyama; básicamente un certificado de defunción del comunismo (la URSS desapareció en 1991) y el anuncio de la hegemonía de la democracia liberal como único sistema político viable (o el único sistema político con algún tipo de dinamismo).

A su manera Margaret Thatcher lo resumió en una frase: There is no alternative (TINA), no tan lejana al No future punk si pertenecías a la parte nada favorecida por las políticas neoliberales: joven de clase trabajadora, con o sin formación académica sin salidas ni experiencia laboral demostrable, lo que en el mejor de los casos te convertía en aspirante a trabajos basura, casi siempre dentro de la economía sumergida. La diferencia entre la precariedad laboral de la generación boomer y la de la generación millenial es que en esta última la precariedad laboral se ha normalizado (como es el caso de los falsos autónomos), lo que demuestra que la reforma laboral de 2012 ha sido sobre todo un alarde de cinismo.
Hasta la Gran Recesión de 2008 las tesis de Fukuyama, condensadas en el lema de Thatcher, parecían muy bien encarriladas para perpetuarse, aunque había casos que apuntaban a una connivencia creciente del poder político y del poder económico. En España Jesús Gil, empresario ejerciendo de político y saqueando las cuentas públicas, sería un buen ejemplo; en Italia, Berlusconi. El expolio de los fondos y recursos públicos que son sistemáticos cuando en España gobierna el PP. La democracia transformada en plutocracia o, incluso, en cleptocracia.
Lo que me lleva a otro libro, El ocaso de la democracia: el fracaso de la política y las amistades perdidas de Anne Applebaum en el que trata de explicar el auge de los populismos de derecha y la crisis institucional de las democracias liberales, sobre todo en Polonia y en Hungría, ejemplos de lo que se da en llamar eufemísticamente democracias iliberales. Applebaum lo achaca a la teatralización de la política y al auge de las redes sociales que convierten a la política en parte del espectáculo, además de hacer más complicada para las masas la percepción de lo que es relevante de lo que no lo es; algo que han sabido aprovechar desde Trump hasta Abascal o Ayuso. Nada que decir sin embargo de la connivencia del poder político y el poder económico (como ilustran las puertas giratorias), que antepone intereses empresariales a lo que se llame el bien común. Ninguna responsabilidad por la desregularización de las actividades económicas ni la precarización del mercado laboral. Ni siquiera la percepción de que la derecha más reaccionaria les ha robado la cartera clientelar y hasta sus propias señas de identidad.
O si no, que le pregunten a C's si es que después del 4-M queda alguien al frente del partido.
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