Anoche el discurso del rey tenía su morbo: militares jubilados jugando a golpistas, el rey emérito huido (o discretamente ausente de España), el país soportando la segunda ola de la pandemia... Era un momento para pronunciarse con claridad sobre estos asuntos que sitúan a la institución monárquica en un momento difícil.
La decepción estaba asegurada: si se pronunciaba con claridad sobre la situación paterna, la ruptura de la relación paternofilial era una consecuencia previsible; pronunciarse sobre el afán golpista de militares retirados crearía malestar en las fuerzas armadas; poco más que consuelo se puede ofrecer a las personas que han perdido familiares en la pandemia y a aquellas que padecen los efectos del virus. Pasar por encima o de manera muy velada sobre estos asuntos era lo previsible, lo que marca la tradición de un discurso prescindible para algunos entre quienes me incluyo.
Se impuso lo previsible según cuentan las crónicas, es decir, se impuso lo prescindible, es decir: los partidos del régimen del 78 y la ultraderecha le van a salvar la cara a fuerza de una adulación más o menos ridícula, pero la ultraizquierda (lo que queda a la izquierda del PSOE) se ha desvinculado del todo de este régimen y de este rey. Teniendo en cuenta que somos unos cuantos millones de votos, el trono cojea.
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